
Hace mucho tiempo que no publico nada en el blog. Mi último escrito fue una nota sobre lo que desearía a verme dicho hace 4 años (cuando tenía 15 añitos). Era un texto más que reflexivo crítico para mí y para las personas que me conocen o que están pensando lo mismo. Cosas cambiadas en mi vida realmente gracias a las diferentes posiciones que vi en las personas, decisiones y acciones. Fueron personas que marcaron mi vida al punto de hacerme detener y observar detenidamente mi ser interior, eso, como lo que quisimos hacer con los niños de La Inmaculada.
El título dice todo sobre este proyecto que emprendí junto con mis compañeros de clase de comunicación social y periodismo de la UDI, la materia vista era comunicación y desarrollo. El proyecto fue completo y gratificante, tanto que no queríamos terminar ni alejarnos de ellos, pero una parte de nosotros no estuvo cien por ciento satisfecho al concluir con el plan. Primero, no fue suficiente un mes trabajando con niños, y segundo, cuando una parte del comportamiento es regada por padres nada metódicos es muy difícil llegar y establecer nuevas formas de comunicación entre ellos.
Durante el proceso conocimos y aprendimos muchísimo más de ellos que al contrario. Sus vidas diarias, sus sueños, aspiraciones, lo que piensan de sus padres, de la sociedad, de sus colegios… fue algo así como abrir pequeñas cajas donde por fuera parecen delicadas y que requieren sumo cuidado pero con tan solo abrir un poco empiezan a salir chispitas locas de colores queriendo comerse el mundo y gritando lo fuertes que son. Fue un retroalimentación de infarto y miles de emociones a todo dar.
Como todo niño, sus acciones son inofensivas (algunas, pues, trabajamos con niños de 5 a 15 años) y procurábamos siempre hablar con ellos de la forma más realista posible, invitándolos a participar en opiniones, a tomar posturas sin la influencia de los padres, a cuestionarse sobre su vida, a tomar críticas respecto a su alrededor y a controlarse por sí solos. Algunos niños al principio eran más difíciles, indiferentes y algo groseros, otros se sentían solos y buscaban regocijarse en nosotros pasando un día de actividades. Las niñas eran muy extrovertidas, brillantes y nada de «princesitas», muy divertidas y algo inquietas. Cada uno brillaba con su luz propia, todos se identificaban, siempre eran dueños de brillantes sonrisas, ideas y dulces abrazos que parecían seres de otro mundo. El universo nos quería ahí, felices y juntos, incitándolos a emprender nuevas formas comunicativas, formando líderes empáticos con el otro.
Como la vida misma, llegaban momentos tensos para nosotros mientras aprendíamos a ser líderes y agentes de mejora en niños, pero ¿qué experiencia podíamos tener?
Algunos niños se nos salían de las manos de un momento a otro, cuando una vez en un partido de fútbol tuvimos que esperar 10 minutos para que un niño le pidiera disculpas y extendiera su mano a otro por empujarlo sin querer. Y se preguntarán ¿dónde estaban los padres y por qué no tomaban partido para guiarlos en cuestión de pro? Pues para colmo, estaban ahí, unos callados, sentados sin ningún gesto, mientras otros gritaban que jugaran y dejaran esa ‘maricada’. Reinaba la intolerancia y era normal.
Todos los sábados la agenda tomaba inicio, primero las charlas, opiniones y debates, a todos se les pedía hablar y expresarse. A medida que pasaban las semanas y nos hacíamos más unidos noté que unos disfrutaban mucho levantar la mano y pedir la palabra, hablaban de una manera un poco más diferente a la primera vez, donde antes todos gritaban, ahora se pedía la palabra, parecía magia, una linda y buena magia.

Después de las charlas Kevin y Carolina (compañeros) se encargaban de los partidos de fútbol, mientras Yeraldyn y yo nos encargábamos del baile para las niñas. Cada minuto junto a ellos era especial, teníamos en nuestras manos pequeñas pero poderosas mentes jugando y loqueando con nosotros y debíamos hacerlo bien, con mucho cuidado pero sobre todo mucho amor.
El proyecto no terminó cuando entregamos el trabajo, pues aún sigue en pie ser modelos para ellos. Educar a un niño o niña es fundamental para contribuir al progreso colectivo, mientras crea un cambio radical para una sociedad, va creando a un ser analítico, crítico, persuasivo, compasivo y respetuoso ante los demás permitiéndole llegar a campos inimaginables.
Para realmente evolucionar se necesita hacer lo que los mediocres temen, y yo siempre digo, El cambio. Si no nos movemos hacía adelante no vamos a obtener respuesta. Si no se cambia el sistema de educación vamos a vivir en constante fracaso. El mundo está en constante cambio, debemos seguir aprovechando las oportunidades que la ciudadanía nos brinde, si no es así, buscarla y ser persistente.
En mi aprendizaje personal obtuve más ganancia, el haber trabajado con niños fue un maravilloso aprendizaje, corto, pero me dejó con ganas de más. Me enseñaron que el creer es un gran paso.
No evadamos la responsabilidad que es de nosotros diciendo ‘Ellos son el futuro del mundo’ cuando nosotros no hemos hecho lo suficiente para que ellos crezcan en un lugar más justo y más amigable para tomarlo como ejemplo.





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