Los europeos llegaron a nuestras tierras en el Siglo XV y con golpes de espada en acecho insistieron en que nuestra cosmogonía no era válida, que nuestros dioses eran obsoletos, que la manera de ver la tierra era inadecuada, que la forma de relacionarnos estaba mal. En contraste, se nos dijo que todo lo bueno estaba en su cultura, su Cristo, su dios, su modelo de explotación de la naturaleza y sus leyes que legitimaban el abuso, su moral doble, la esclavitud y su dominio.
Así se mantuvo el régimen hasta que la sangre que manchó el agua cristalina del río teatinos selló la proclamada independencia. Pero ya no éramos los mismos. Nos transformamos en una mezcla entre blancos, negros e indios con otra mentalidad o mejor dicho sin ninguna. Fuimos incapaces de volcarnos a lo propio, rescatarlo o reconstruirlo; preferimos mirar hacia afuera, como hijos huérfanos en búsqueda de ayuda. No supimos cimentar una personalidad, tratamos de imitar, calcamos las instituciones y normas de los europeos sin darnos cuenta que estas no aparecieron de sopetón, sino que fueron el resultado de un proceso histórico.
Mientras continuábamos marginando a los pocos que trataban de guardar nuestras raíces, tomamos un cúmulo de normas que no nos pertenecían y las adoptamos como propias — sobre todo las francesas— como si la dinámica social de Somondoco fuera similar a la de Versalles. El derecho, que ya no era propio desde la llegada de Cristóbal Colón se tornó todavía más ajeno, lejano a nuestras costumbres y forma de ver la vida.
Hasta inicios de los noventa nos dimos cuenta que el país no solamente era descendencia blanca, sino que también habían indígenas, negros, campesinos y todas las mezclas posibles de ellos. Pero solo les otorgamos a algunos el poder de gobernarse por sus propias leyes, eso sí, siempre y cuando no se traspasara el marco de la ley occidental. Además, este pequeño reconocimiento tampoco frenó el importe de otros modelos normativo-culturales que conviven con los antiguos, logrando mezclas curiosas por decir lo menos, que nos permiten tener un sistema penal parecido al estadounidense actual y un catálogo de normas civiles vigentes en la Francia de Napoleón I.
Con todo este entramado de leyes impropias, muchos tratan de obedecer, aunque realmente no entienden el propósito de organizarnos o el sentido de las reglas sociales. Respetan —cuando lo hacen— simplemente porque hay que hacerlo. Mientras que alguien en otro lugar no pasa el semáforo en rojo porque puede morir, acá lo hacemos porque hay un policía y nos pueden multar. Las normas son tan impropias que no entendemos su razón de ser.
Aunque ha pasado el tiempo y como de la nada nos situamos en esta época en que la globalización impacta de manera transversal cada espacio de la vida y sobretodo en la cultura, no es tarde para mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos qué somos y a partir de allí erigir un destino propio en el marco del entendimiento de cada una de nuestras propias particularidades. Solo construyendo reglas auténticamente nuestras las vamos a asumir como tales y seguir con convicción.


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