O’UPÜNAA MOTOO AA’IN: Los rostros olvidados de Colombia.

Avatar de Michelle Arenas Blanco

Hace un par de días me encontraba hablando con mi mejor amiga y su padrastro sobre algunos de los viajes que él ha hecho por Colombia, con una voz tenue y tranquila iba narrando algunas de sus travesías recordando la época en la que él trabajaba como conductor de Copetran en Barrancas. 

Su nombre es Luis Francisco Mantilla, un hombre de 55 años de edad que recuerda con melancolía sus imborrables travesías que hizo al rededor del país, travesías que le hicieron abrir los ojos de un manotazo, dice él. Me encanta escuchar historias y dialogar con las personas, pero en especial escuchar aquellas historias que traspasan mi zona de confort y me animan a levantarme a ver por la ventana de la realidad, a veces tan dura y desconcertante. 

Así pues, en la sala de su hogar a las 8 de la noche mientras el sonido del televisor hacía parte de la conversación, él narraba la historia sobre su viaje a La Guajira describiéndola como «Otra Colombia», noté en su mirada y en sus tímidos gestos una esencia sensible ante el diario vivir de su cómoda vida recordando específicamente ese momento en un territorio totalmente diferente. 

Luis Francisco, apodado por su familia como ‘Luisito’ inició narrando su vida en la época que trabajaba como conductor de Copetran en Barrancas en el año de 1989, lejos de su hogar en Santander fue el comienzo de una aventura por las soleadas carreteras de la enigmática Guajira. Le pregunté sobre cómo había encontrado ese trabajo como conductor y me contestó con descontento que por aquellos años era muy fácil conseguir trabajo, pues no se veía a la juventud tan perdida como lo está actualmente y donde los padres se preocupaban más por sus hijos, donde el Estado no era tan corrupto, ni tan indiferente y donde no había tanto consumismo ni polarización desbordante. 

Él relata que estaba muy nervioso por ese viaje, pues siempre había tenido un fuerte interés en esa zona de Colombia, según lo que le decían sus padres, La Guajira era un ‘lugar prohibido’. 

Fue entonces que llegó finalmente a La Guajira, allí se desplomó inmediatamente en el piso por el cansancio y sintió la necesidad de sentarse sobre una roca cercana a observar el paisaje que lo rodeaba. Recuerda que parecía estar en otro mundo, quedó anonadado al ver tanta diferencia entre lo que estaba acostumbrado a ver en otras ciudades, se preguntaba constantemente cómo las personas podían vivir en tal desértico lugar aún con ropas largas en las mujeres a pesar de su clima seco. Aún así estaba muy emocionado de conocer su cultura, sus tradiciones, sus historias, las personas que guardan cantidad de mitos y leyendas y que anhelaba escuchar como fiel aventurero que viaja por los lugares más recónditos aprendiendo de todo lo que hace parte del ser humano. 

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Niña Wayúu (Fotografía Google)

Durante su estadía, en una noche sintió mucho calor, pues no estaba acostumbrado a ese tipo de clima, así que se dispuso a salir de su habitación para dirigirse hasta la recepción del pequeño hotel en donde descansaba. Al llegar a la recepción se encuentra con el portero de la residencia y comienzan a tener una larga conversación juntos. Intercambiaban variedad de ideas comparando el entorno de aquel tiempo con el de hacía 10 años llegando a concluir el cambio tan abismal del entorno ambiental, económico y político. Se enteró en una noche de la cantidad de problemas en los que en ese momento La Guajira atravesaba, desde la explotación del carbón del Cerrejón (El Cerrejón sí es problema de La Guajira) donde se escondía un futuro incierto destinado a los ciudadanos guajiros, que no era el mismo al de hace 40 años y que, en ese momento la devastación había ido desencadenando el campo de laboriosidad de los wayúu. Para finalmente, concluir que la gran preocupación de ese territorio era la sequía, la desnutrición, la violación de los derechos y como si fuera poco, la indiferencia de un país considerado ‘social de derecho’ que les da la espalda a sus ciudadanos. 

«El hombre ha ido acabando con los recursos naturales de la tierra y el gobierno como raro, se aprovecha al tomar una porción de su territorio para la explotación desenfrenada de carbón diariamente y donde el agua es cada vez más contaminada», comentaba Luisito con gran impotencia y enojo ante la injusticia social del país. 

Entre sus largas jornadas de trabajo como conductor, el estrés y el calor que en ocasiones lo fatigaba conoció a una indígena civilizada que trabajaba como profesora al norte del pueblo. Luisito la describe como una bellísima mujer de cabello negro, largo y liso, piel bronceada y suave, con rasgos muy finos, tanto así que cautivaba a todos los hombres de la zona. Ella se convirtió en su guía, la acompañante de sus viajes por la región, allí ambos compartían agradables momentos conociendo a muchas personas y visitando cada lugar, entre ellos, una ranchería, que para poder entrar a una era necesario ir acompañado siempre de un ciudadano de la misma región, en preferencia alguien conocido y de confianza, debido a la cantidad de ladrones que permanecían en la zona. 

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Ranchería en La Guajira (Fotografía Google)

Al entrar a la ranchería dice que, sintió una fricción en el pecho, se puso tenso y no sabía cómo disimular la incomodidad en la que se encontraba. Era un ambiente totalmente diferente a lo que conocía, observó a lo lejos el comercio de mujeres y niñas desde los 12 años de edad. Allí vio que los altos mandos del pueblo vendían a sus hijas por armas, dinero, automóviles e incluso chivos, esto sucedía una vez cumplían la mayoría de edad, que para ellos se daba a partir de los 14 años, pero que en ocasiones frente a la difícil situación económica que atravesaba la familia se veían obligados a ceder ante esta práctica. 

Una vez comprada una mujer, el cliente no volvía a laborar ya que su ‘compra’ debía hacerlo por obligación para él. Así mismo, si el hombre tenía cómo pagar por otra mujer, la compraba sin oposición, con la única condición de ser fiel, dar una vida digna y tratarla adecuadamente, eso, a la cantidad de mujeres que tuviese. «No podía creer a lo que me invitaron a hacer, me dijeron que comprara una wayúu y que ahí mismo podía despojarla, que tuviera pantalones, que fuera hombre». Decía con repulsión Luisito ante este hecho. 

Al salir del lugar no quiso dirigirle la palabra a ninguno de sus compañeros, quienes diariamente se reunían en las rachearías a pasar tiempo con las mujeres. Luisito llegó al hotel sin pronunciar palabra alguna, se recostó en la cama, quería llorar pero tenía concentrada mucha ira en su interior que no se permitió llorar, menciona que quería sacar fuerzas para salir de ahí lo más rápido que fuera. Supo en ese momento que en aquél departamento donde sobresalía majestuosidad natural de una cultura alucinante que ambiciona a descubrir el mundo, también se escondía un monstruo feroz, una bestia temida por todas las niñas y niños del mundo, el mismo que siempre ha acorralado a almas sensibles y puras robándoles  su integridad, su dignidad y su inocencia, siendo tristemente apoyado por muchos ambiciosos de poder y siendo ignorado por miradas insensibles, frías, mediocres y temerosas de acabar con cada partícula que lo conforma. 

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Mujeres Wayúu (Fotografía Google)

Luisito termina su historia y yo siento un vacío enorme, una oscuridad triste en mis ojos, junto a unas ansías de tirarme a llorar desconsolada y preguntarme sobre la función del ser humano en el universo, volteo a ver a mi amiga y noto en ella un gesto de completa decepción, sufrimiento silencioso que me hace sentir acompañada ante esta desdicha profunda. Suspiro y sigo sin creer que existen seres humanos incapaces de sentir piedad y dolor ajeno, me niego a aceptar que son humanos y que están bien, me niego a quedarme sentada cruzada de brazos ante estas injusticias y a pasar por el lado de las personas que sufren diariamente todo tipo de dolor con una mirada acostumbrada y fría. La indiferencia no será mi amiga ante ninguna circunstancia. 

Es claro que, La Guajira es un lugar para apasionados, para almas jóvenes aventureras, para polifacéticos donde subyace toda clase de emociones jamás sentidas y pensamientos desordenados, dejando a su paso cantidad de emociones que solo un colombiano puede entender. Es La Guajira un territorio donde se logra sentir la pasión por el placer y el explorar, pero también deja un sinsabor terrible con una decepción casi que suicida al saber esas historias que desencadenan exuberantes maneras de sobrevivir en un país egoísta que se niega a ayudar a los más olvidados. 


4 respuestas

  1. Julian

    A través de este blog me puedo inspirar cada vez, eres grandiosa. Por favor sigue deleitándonos con esa manera tan peculiar de escribir.

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    1. Le Richelle

      Qué lindo, muchas gracias por ese apoyo tan cálido y enorme. Un abrazote.

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    2. Le Richelle

      Muchas gracias, abrazos.

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    3. Le Richelle

      Gracias por el apoyo, abrazos.

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